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El otro día me sucedió algo que bien parecía una experiencia religiosa, mística. Esa semana había estado en un proceso de selección para un empleo, que finalmente no prosperó. Con esta cuestión en la cabeza, me vi abordada por una mujer joven que me paró por la calle, me dijo que estaba desesperada. No quería dinero, pedía por trabajo, estabilizarse y ayudar así a prosperar a su familia. La verdad que cuando me contó su historia, pensé que me hablaba de mí misma. La muchacha se echó a llorar y la abracé. Dos desconocidas unidas por un momento de complicidad.
Alguna gente me hubiera dicho que era una engañifa para sacarme dinero, pero yo la creí y si me mintió, no importa. Yo vi en sus ojos el rostro de quien ha perdido el rumbo, que sigue remando y no sabe a qué agarrarse para creer que la vida le dará tregua. Me contaba historias de su búsqueda, que teñidas por la desesperación le hacían creer a cualquiera y así fue como la estafaron.
Le dije lo que me diría a mí misma. Que tuviera compasión con ella misma, que se estaba esforzando mucho por salir adelante y encontraría el camino. Que tuviera paciencia porque la fe nunca hay que perderla, que Dios aprieta pero no ahoga. Me dijo que creía en Dios.