Cosas que aprendí de Norteamérica I

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Cuando digo Norteamérica no digo Estados Unidos, digo Norteamérica. Porque en mi caso, en vez de elegir la cálida California decidí viajar al gélido invierno canadiense. Y puedo decir que acerté. Para mí que soy de montaña pirenaica, ver nevar todos los días era una auténtica maravilla sensorial. De hecho, el primer día que aterricé en mi nueva casa cayó la mayor nevada de inicio de invierno y que en cuestión de horas era una acumulación de casi medio metro de nieve de alto. Y yo que soy bajita no quedaba muy bien en cuestiones de movilidad. 

Antes de llegar me armé con lo que después sería mi “uniforme oficial”. Esto es un compendio de enseres para sobrevivir al invierno canadiense. Las botas, que si cabe puede ser lo más importante. Me compré unas Sorel de segunda mano rosas, no es que las quisiera así, es que eran talla niña. Mi abrigo con capucha, que podía aguantar hasta los -20º bajo cero (o eso decía la descripción) y por supuesto prendas térmicas. Ahí sin térmicas no puedes salir a la calle. Yo pequé de comprar las básicas del Decathlon y para compensar me tuve que poner unos calcetines de fútbol de mi hermano. Otra capa más. Los canadienses tienen mucho mérito cuando deciden salir a pasear al perro tan abrigados.

Con este outfit salía todos los días hacia mi clase de inglés. Botas rosas, abrigo gris, mochila marrón. Un día en la escuela, me encontré con una chica asiática que decía conocerme. Por lo visto vivíamos cerca, decía que me había reconocido por mi uniforme invernal.

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