2 MINUTOS DE LECTURA
Dicen que de las ostias se aprende, a ver… que tampoco fue para tanto. Pero se supone que del apagón del 28 de abril algo aprenderíamos. A mí me pilló trabajando desde casa, un lujo. Al principio pensamos que era por las obras soterradas del Carmelo, pero nos llegó la sorprendente noticia a los pocos minutos. Lejos de colapsar pensamos… Tenemos comida, estamos bien.
Antes de ese día, una amiga dada a la conspiranoia me advertía sobre estos temas desde que la conocí. Que si tener buena despensa, agua, que si el botiquín completo y otros enseres útiles para viajar en coche por si vuelve Philomena. Total que ahora ando con la conspiranoia en el cuerpo. Cada vez que voy al súper compro latas modo supervivencia, tengo mis garrafas de ocho litros por persona, por perro y otras dos de sobra, por si en el próximo apocalipsis nos atracan los vecinos. Para rematar, voy pagando todo en efectivo para no dejar rastro.
Después del dichoso apagón, entre la sensatez y la conspiranoia, parece que vuelve a estar en tendencia eso de pagar en efectivo. Pues unos meses atrás en una cena, cuando se me ocurría pagar con un billete de 50€ en lugar de hacer bizum o pagar con tarjeta, va mi amigo y me suelta: ¡Efectivo! ¡Dinero de la droga!