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Muchas veces he escuchado que la queja es un deporte nacional en España. Lo que no se dice tanto es el refrán de mal de muchos consuelo de tontos.
Yo tampoco estoy libre de pecado, pues española que soy. Pero sí que, gracias a lo que llaman la ley del espejo, he tenido mi momento de iluminación. Resulta que un día conocí a “A”. Le llamaremos así para conservar su anonimato. Pues A, a pesar de ser buena gente, que no está reñido, el tío no paraba de quejarse. Su relato acostumbraba a terminar en que el jardín del vecino siempre estaba más verde.
Un día, a nuestro amigo en común le digo: “Oye no te parece que A… ¿es un poco cenizo?” ¡Boom! Fue verbalizarlo y venir el mensaje a mi mente: “Igual de ceniza suenas tú cuando te quejas”. Escuece un poco la verdad así, en crudo.
En consecuencia, ahora trato de no contribuir a este deporte. El otro día en una reunión por videollamada entre que llegaba el jefe y no, el resto del equipo venga a quejarse: “que si la IA me quita el trabajo”, “que si a ver si nos dan esto o aquello”… Cuando vi que empezaba el partido de las quejas me tuve que curar en salud: mutear y sonreír.
Y es que mi líder espiritual dice que “la queja te aleja”, así que en estas pachangas prefiero no participar. Ahora, a ver a La Roja sí me apunto.