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Existen periodos en el calendario laboral en los que me preparo mentalmente para atravesar lo que yo llamo: la agonía del desierto. En estos periodos, yo misma me lío el turbante a la cabeza y me encamino a paso lento pero seguro hasta alcanzar el refrescante elixir de las ansiadas vacaciones.
Uno de esos periodos es de enero a Semana Santa y de ahí al verano. Una vez que pasan las navidades, la rutina y el madrugue las paso cual calor sofocante en el desierto, hasta que por fin llegue la semana de descanso. Si bien es cierto que, en mis tres ciudades de referencia, hay pequeñas sombras que me ayudan a llegar al final del camino, es decir: San Vicente, San Juan y San Isidro. Que uno casi se vuelve devoto solamente por rezarle al puente.
La más dura es en la que ahora me encuentro, el mes de julio. Una vez que empieza el verano cada cual anda ya en su particular travesía a lomos del parsimonioso dromedario. Ni que decir queda que la gran mayoría tenemos las vacaciones en agosto y el mes de julio es una tierra de nadie que ni allí ni aquí. Lo estás tocando ya, no queda nada, pero esas semanas se hacen más largas que cualquier semana de otro mes. Aunque es verdad que lo peor es ni siquiera tener días en agosto. Mañana madrugo, ya queda menos.