Relleno de verano

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Me ha pillado el toro. No tengo tema para hoy y tal es el compromiso que sí o sí algo tiene que salir. Y si no que se lo digan a los magazines televisivos de verano, donde una guerra de tumbonas en una piscina municipal puede llegar a ser noticia. Con testimonio de un joven socorrista incluido. 

De esta guisa me viene a la cabeza este recuerdo de los veranos en el pueblo. Donde la televisión también era protagonista. No por sus titulares si no por un fenómeno insólito en la vida de una niña: no había televisión. 

Los adultos nos hicieron creer que la antena estaba rota, pero en realidad es que no se ponían de acuerdo en si la querían o no y al final no la instalaba nadie. Y así verano tras verano. Tal era nuestra desesperación por la tele, que jugábamos a que éramos personajes de las series del momento. 

En mi época gloriosa por ejemplo, al ser la pequeña, hacía de la tercera de las gemelas Olsen. Pero no sé en qué momento me tocó ser Carlton Banks y la magia ya nunca fue la misma. Aunque era mejor eso a que te tocara comer con el vaso de la dentadura postiza de la abuela. Benditos sean los veranos de la infancia.

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