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Hay días y días. Días de estrés con el humor rancio y días de derroche de amor infinito, que puede llegar a compartirse, incluso con el carnicero. Andaba sobrada de alegría en mis recados diarios en dirección a la carnicería, donde como buena señora del barrio me camuflo bien en este tipo de ambientes.
Un chascarrillo, preguntar por la familia, te pongo tal cosa “que te irá muy bien”… un desparrame de simpatía y buen hacer hasta que llega mi turno. Por fin me toca y viendo el ambiente, me esfuerzo por ganarme al susodicho carnicero. Venga pico pala a ver si en ese rato conseguía sacarle una sonrisa y un poco de conversación. No había manera, hasta forzando el acento maño que eso nunca falla.
Por lo visto a los autónomos hay que ganárselos con más asiduidad. Comprarles cada semana y que se queden con tu cara. Lo curioso es que, en este intento de charla coloquial me encontré con un amplio contraste días después. Caminando por Huesca con mi padre, nos encontramos a un señor con el que se conocen del mismo barrio desde hace más de treinta años. Y con mucha menos complicación y mucha más complicidad me dice: “¿Tú eres su hija? Pues si me ves por ahí, me saludas”.