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No es ningún secreto que hasta ahora, me he declarado fan a la montaña en el debate “mar montaña”. Que hasta en mi familia he sido señalada en secreto como “la rara”. Hubo un día de playa con mis sobrinos donde uno de ellos, cual testigo de la profanación de un Frigo Pie, le dijo a mi hermana entre susurros: “…la tía… ¡no se baña!…”
Lo que me pasa, es que en mi experiencia con el mar, el relax no es la sensación que prima. En las playas que mejor conozco tienes que llegar temprano para coger sitio cerca de la orilla y cuando te tumbas dispuesto a relajarte, surge en la lejanía cual canto de los pájaros… “cervesabierrr… cervesabierrr”. A ritmo del reggaeton de la toalla contigua empieza la hora punta playera, a partir de ahí puedes comprar a pie de playa, pareos, toallas, mojitos… y si te lo propones ¡hasta una lavadora!
Pero resulta que estaba equivocada y no todas playas son iguales. Existe una en la que no te achicharras a 40º. La temperatura es simplemente perfecta, el agua todavía está fresca y además ¡limpia! Y si este idilio meteorológico no fuera suficiente, a solo unos metros de allí se celebraba el concierto de una violonchelista. ¿Estoy en el cielo?
Después de esta experiencia he hecho las paces con el mar y ya por fin, puedo honrar mi nombre. Lo único que quizá me pilla un poco más lejos de lo habitual. Aunque es mejor eso que tener que cargar también con la lavadora.