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Es mentira, sí que tiene causa, se llama genética. El origen de mi melena indomable tiene su fuente de creación en la genética materna. Porque digo yo, que si la ciencia es capaz de trasplantar el corazón de un cerdo a una persona, será capaz también de domar una cabellera enmarañada por el encrespamiento.
El otro día fui a la peluquería para mi proceso de esquilado trimestral. Pues tengo comprobado ya los tiempos en que paso de ser “pelo Pantene” a ser “la cosa” de la Familia Adams. Cuando la peluquera me ve en estos extremos, nada más recibirme se santigua a escondidas y pide que el resto de la tarde no le entren más clientes. Esta cabellera del demonio necesita concentración. Poco después me enteré, de que en mi peluquería de confianza me tienen fichada y cuando les pido hora, no sólo se dejan la tarde para mí sino que en cuanto cuelgan se cogen cita ellas para un masaje relajante.
En mi búsqueda de soluciones ha habido de todo, sobre todo desastres. Recuerdo una vez que me dijo la profesional “te descargo” (la cantidad). Y tanto meter tijera, acabó dejándome un corte champiñón que traumó mis visitas al espejo en las semanas por venir. O cuando una peluquera en prácticas me hizo unas mechas rubias que mi cabeza parecía el cuerpo de la abeja Maya. Pero el peor de los desastres me lo he hecho yo misma. El día que decidí que no necesitaba a nadie, que era una mujer independiente y con recursos y me retocaría yo misma el tinte de las raíces. Ataviada con todos los potingues y con brochazos cual Jackson Pollock terminé por llamar entre llantos a mi peluquera de confianza. Valoré profundamente su trabajo como profesional. Nos fuimos juntas a darnos un masaje relajante.