NI QUE FUERA BROMA
Desde que los perros han subido su estatus a ‘perrhijos’ en la escala familiar, han dejado vacante el espacio de las mascotas. Lo que no me podía creer es qué tipo de animal ocuparía este hueco. Ingenua de mí, al coger el ascensor del metro, me subí como si nada. Mi perro, que es olfativamente más listo, me avisó de que había algo raro. El trayecto de planta a planta incluía una rata de compañía en el billete. Una de las ocupantes que viajaba en el ascensor llevaba como mascota ¡¡una rata!! Me aguanté las arcadas como si fuera un concurso de quién aguanta más sin respirar. Lo peor es que la rata iba más tranquila que yo y me miró con cara de “si no te gusta, búscate otro ascensor”.
Los roedores me dan asco, así sin matices. Haciendo memoria, esto debió empezar en mi infancia, cuando a santo de no sé qué ocurrencia tuvimos un hámster de mascota. Nadie me preguntó, pero en mi sano juicio ni ahora ni entonces acepto semejante espécimen como animal de compañía. Un hámster que, por cierto, pasó más tiempo planeando fugas que haciendo vida doméstica.
Viéndolo con perspectiva, este animal es consecuencia de las calles sucias. Hace cinco años visité Viena, tildada por mi compañero de viaje como aburrida, a mí me pareció el paraíso de la pulcritud. Las paredes del centro estaban impolutas y el suelo limpio. Tanto es así que en los bajos de los carruajes de herencia carlista no había ratas, sino ardillas. En Viena hasta los roedores tienen estudios superiores y apellidos monárquicos.
Y toda esta información es por ir mirando al suelo mientras camino. Qué peligro tiene la observación.
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