De la ferretería al empoderamiento

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Si ser feminista es llevar tote bags con mensajes empoderadores, asistir a manifestaciones y citar autoras, entonces no lo soy. El mío es más de ferretería.

Debido a mi fobia a los roedores, me vi una noche durmiendo encima de la mesa del comedor. Cuando logré quitarme las marcas del mantel de la cara, me dirigí muy dignamente a buscar soluciones. La ferretería del barrio, el cajón de sastre de los remedios para el hogar.  Allí Mari Carmen, la tendera, me compartió su propia gestión del asunto. 

“Nena, las trampas de toda la vida.” Escandalizada, le dije que si soy incapaz de recoger los pelos de la ducha…¿cómo voy a recoger un cadáver? Sin titubeos me respondió, “yo estoy sola, así que me armo de valor y una vez atrapado, lo tiro con trampa incluída”. 

Dicho y hecho. Esa misma noche sonó la victoria. ¡TAC! El enemigo ha caído. Me puse mi capa de mujer empoderada y… lo recogió mi pareja. 

Otra escena que me inspira es la de la vecina. Madre separada, trabajadora y con perro. La veo cada día gestionando su rutina con eficacia, que ni las super mamis de Instagram. No necesita que nadie le cuelgue una medalla. Otra mañana que llegan tarde, el niño llora, el cordón desatado… sonríe con resignación y sigue. 

Luego está la sororidad. La palabra moderna para decir algo obvio, que no nos pongamos mala cara entre nosotras. Una competición infinita por un trofeo que ya no existe. Supongo que el feminismo real es: desenvolverse en la ferretería, tener al peque limpio, vestido y alimentado y no juzgar a quien decide no hacer ninguna de las dos cosas. 

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