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Muchas de las aptitudes que ahora me facilitan mi labor profesional no las aprendí como una erudita periodista. Las aprendí ejerciendo otras labores que ahora pintan como un cuadro abstracto mi currículum de experiencia vital.
Si algo puedo agradecer hoy, es a esos currillos que entonces me salvaron la vida con cuatro duros extra en mi etapa de estudiante y recién graduada en adultez. La mejor cantera para una reportera de televisión está en las promotoras del Carrefour: te persiguen por el pasillo central con su plato de salchichón y consiguen el testimonio perfecto de por qué hay que probar las chips sabor pollo al chilindrón.
También aprendí mucho como dependienta a hacer programas del corazón. Venían muchas señoras mayores a comprar y lo que más disfrutaban era que las escucharan. Algunas tardes me alegraban el turno, pero otras tenía que cortar la tertulia por lo sano: se formaba cola, no de clientas para pagar, sino de señoras buscando conversación.
Otra que me encanta es: “La culpa es para el mensajero”. En mis tiempos de comunicación interna daba igual que revisara el texto cien veces, o que mi superior lo cambiara otras cien: si salía con una errata, la culpa era mía. Al final me rendí y acepté mi destino. Mi trabajo era visible, y el que tiene boca —o teclado— se equivoca.
A estas alturas creo que debería ponerlo en el currículum: promotora, dependienta y reportera. Porque en todos, al final, trabajaba de lo mismo: escuchar, improvisar y fingir que tenía todo bajo control.