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En toda buena historia hay un momento decisivo: el protagonista recibe una llamada a la aventura. Si la acepta, cambia su vida. Si no, sigue con la suya, incómoda pero conocida. Como Walter Mitty pero sin saltar en helicóptero (el instante exacto en que comienza la hazaña).
En la vida ordinaria los inicios no son tan épicos como en las películas. Más bien son desordenados, confusos y por sorpresa. Una llamada de teléfono: “Tengo un proyecto que te puede interesar”.
¡Fuegos artificiales! Proyecto excitante, salario correcto, contrato indefinido… Únicamente un detalle sin importancia: hay que mudarse. En ese segundo mi cerebro se divide entre buscar piso en Idealista y excusas en Google. Empieza el insomnio. La maleta que antes era sinónimo de aventura ahora es un elefante asustado en medio de la habitación.
Me gustaría decir que soy una aventurera, pero las estadísticas hablan por sí solas. Dicen que una mudanza es la tercera causa de desequilibrio emocional, después de un divorcio y de instalar el WiFi en una casa nueva.
Tengo 48 horas para pensarlo. La pereza me dice que ni hablar, el miedo asiente. La curiosidad pide tímida su turno de palabra, sostiene la maleta de mis aventuras de veinteañera. Yo ya tengo clara mi decisión.