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Desde que me he puesto la etiqueta de “deportista” -autoproclamada, claro- paso cada día un rato observando el cuerpo ajeno en su mejor versión. Y es que a cierta edad, los bares pierden fuelle y el gimnasio se convierte en el nuevo Tinder. Una pasarela de artículos de Decathlon donde lucir músculo.
Dime qué envidias y te diré qué te falta. A mí se me van los ojos a los pechos, no por una cuestión sexual, sino arquitectónica. Los míos son de tamaño albaricoque, aunque prácticos y en su órbita.
Ante mi dilema con los pechos, escucho a hombres que afirman: “soy más de culos”. Como si fuera una declaración de principios o una especie de ideología estética. Yo me pregunto: ¿cómo se mide un buen culo? ¿qué criterios se evalúan? Quizá una escala donde el máximo es lucir un Pataki y el mínimo se los llevan los “culo carpeta”. Por lo visto es una modalidad de culo en la que no existe volumen diferencial entre la espalda y el trasero. Eso dicen.
En otra mirada comparativa hay quien me envidia a mí porque soy delgada. Y yo pienso “menos mal, porque con metro y medio de estatura si engordo me convierto en el niño de Up.”
También está la que tiene cuerpo de modelo y suspira “ojalá no llamase la atención”. Pobre, le cuesta tener amigas con suficiente autoestima.
Después de tanto gimnasio, cuestionamiento corporal y culo carpeta llega él, con el resumen de la atracción humana en una única frase: “A mí me da igual alta, baja, gorda o flaca… ¡con tal de que me hagan caso!”