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Finales de noviembre es el comienzo oficial de la locura consumista. Esa maldición capitalista a la que llaman Black Friday me tiene enganchada. Cada pantalla que miro es una pequeña gran tentación. En todos sitios encuentro ese marketing del estrés in crescendo… “Aprovecha este descuento”, “No dejes pasar esta oportunidad”, “¡Compra ahora o condena tus compras hasta las próximas rebajas!”
Como el algoritmo me conoce tan bien, llega un punto que ya no sé si soy yo la que toma las decisiones de compra o es el algoritmo quien las toma por mi. ¿Una correa de perro con abriguito a juego para Kailo? ¡Claro, super necesario! ¿Un curso para convertirme en experta en criptomonedas? ¿¡Cómo no lo había pensado antes!?
Y justo antes de hacer clic para comprar, tengo un momento de lucidez…
Espera… ¿realmente lo quiero o es que el algoritmo me ha hipnotizado con su marketing de urgencia?
Así que he decidido tomar cartas en el asunto. En esta época, un día a la semana voy al centro a lo que yo llamo “hacer el guiri”. Ese mismo día lo aprovecho para hacer mis compras, lista en mano como buena adicta al orden. Para no salirme de mi estricta planificación, dejo la tarjeta en casa y me llevo únicamente el dinero en efectivo. Mi rebeldía de volver a lo analógico.
Genial, soy una mujer autosuficiente y que no se deja dominar por un algoritmo. Empoderada a tope.
Pero cuando estoy en la cola para pagar me surge un síntoma que no tenía contemplado: ansiedad por la separación de mi tarjeta de débito. Respiración agitada. ¿Y si no tengo dinero suficiente? ¿y si tengo que volver otro día y ya no quedan tallas? O peor… ¿y si pierdo esta gran oportunidad de comprar este artículo a 25.99€ que en unos días estará a 27.99€?
Cuando ya estoy de vuelta en mi barrio me empiezo a relajar. Se acabaron los ríos de gente y los codazos por revolver en la cesta de “Todo a 1€”. Voy a pasar por la ferretería a ver a Mari Carmen, aunque hoy no necesito comprar nada, para saludarla.