Fantasía por Navidad

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Pistoletazo de salida. Soy como el perro de Pavlov, orejas en punta y estado de alerta. Voy corriendo a sacar la caja de decoración navideña. En la radio suena “It’s time…” de Mariah, estoy oficialmente poseída por el espíritu navideño.

En mi cabeza, la Navidad es patinar sobre hielo en un lago escandinavo mientras suenan los villancicos de Michael Bublé, tomar chocolate caliente enfrente de una hoguera y un galán con bufanda beig que me enamora en plan comedia romántica de sobremesa. Aunque mi realidad es una producción de bajo presupuesto y mi versión de patinaje es deslizarme por el pasillo con los calcetines gordos. El chocolate es un vaso de leche con grumos y el galán resulta ser mi perro con pajarita. 

Esta enajenación mental, con villancicos como hilo musical, me lleva a convertirme en mi versión de una tradwife estacional. Hacer galletitas, manualidades… es mi mes para los superpoderes del hogar al estilo Martha Stewart, 100% ibérica. 

Las más feministas me pueden acusar de pasarme al otro bando: “Pero mujeres… ¡que es Navidad!” Eso sí, me dura hasta el 7 de enero, después vuelvo a odiar fregar los platos.

En esta la sobrecarga de purpurina y brilli brilli, nunca tengo suficientes adornos, hasta los trapos de la cocina son de terciopelo. No secan, pero lucen que dan gusto.

Entre estas tradiciones navideñas no puede faltar mi típico jersey de renos.

Me lo regaló hace años un amigo invisible, es viejo, hortera y además me queda corto. Lo compró de talla 12 años y aunque no calza con mi cuerpo, si lo hace con mi espíritu navideño. Es humillante y encantador en la misma medida.

En fin, cada año lo mismo: yo obcecada en vivir una Navidad de película… por que, si quiero magia no espero a Hollywood, me la fabrico yo misma con purpurina del chino.

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