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Llegué a pensar que el hogar dulce hogar (compartido) no acabaría nunca. Compartía las llaves de casa con desconocidos, habité espacios imposibles y en cada casa, me convertía en una versión distinta de mí misma.
Como la vez que alquilé un despacho acogedor anexo ideal para estudiantes. Que resultó ser el comedor de detrás de la cocina, convertida en dormitorio por un módico precio.
En esta etapa tuve despertadores humanos. Cuando alguien se levantaba a desayunar, yo era la primera en enterarme. Asumí que mi horario dependía del hambre de los demás.
Hubo una época en que hice mis experimentos como antropóloga del apareamiento ajeno. Como cuando las paredes eran de papel y aunque tenía que madrugar, me auto impuse un veto de silencio para que ni el crujir de mi propia cama estropease el coito a mi compi de piso. No quería ser la compañera aguafiestas.
Así que paciente esperé hasta que alcanzaran la meta. “Venga, un rato más y a dormir todo el mundo”. Pensaba, ingenua de mí, que tras el orgasmo me tendrían un poquito de decoro.
No fue así, cuando terminaron, la conversación y las risas cómplices alargaron la sobremesa postcoital.
Y yo al otro lado de la pared, seguía con mis cálculos matemáticos nocturnos: “Si me durmiera ahora aún me quedarían seis horas para descansar…”
Intenté contenerme, pero estaba tan agotada que me salió una súplica en voz alta desde lo más hondo: “Por favor… ¡que mañana trabajo!”
Se hizo el silencio. Gracias.
Lo que más añoraré son los tiempos en que al llegar a casa un jueves, un viernes… incluso un domingo, la casa parecía un after. Amigos de amigos y otra gente que nadie sabía de dónde salía.
Entre esa multitud desconocida al menos tenía un cierto estatus. Un título que me otorgaba cierto respeto de entrada, pues era una de las que viven aquí.
En otro piso aprendí que la estabilidad empieza por tener tu propia llave de casa.
Tuve una compañera de piso que me dejaba la tarea de cuidar a sus gatos cuando viajaba. Pensaba que ese favor me otorgaba cierto crédito moral. Sin embargo, cuando fui yo la que estaba de vacaciones, resultó que en 15 días perdí todos mis derechos inmobiliarios.
Cuando llegué a casa mis llaves no abrían, ni el jet lag justificaba que esa llave no entrase. Por lo visto, cambiar la cerradura sin avisar es una práctica aceptada en los pisos compartidos.
Ha habido momentos en que he aceptado cosas rarísimas. Como instalarme en el pasillo de la lavadora de mi amigo. Llegó a parecerme normal que una zona de paso se convirtiera en una solución habitacional. Instalamos una cortina del chino como frontera de intimidad entre mi espacio y el baño contiguo. Aunque temporal, se convirtió en un ambiente húmedo a la par que funcional.
Ahora todo eso pasó a la historia, he llegado a mi versión definitiva. Soy la propietaria y la señora de mi casa que disfruta comprando sábanas de franela.