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La peor entrevista de mi vida.
Antes de ir estaba nerviosa. No por inseguridad, sino porque era el empleo con el que siempre había soñado.
Fue como guardar el último bocado de un postre para el final. Y justo cuando va de camino a la boca… que se caiga al suelo.
Todo iba bien hasta que me dijo:
“No entiendo cómo no encontraste trabajo de periodista, también hubo crisis en 2008 y a mucha gente le fue bien”.
Una afirmación coherente para un año incoherente.
Su frase me llevó de vuelta a aquellos años, donde los titulares más esperanzadores decían: “Los españoles mienten para conseguir un peor empleo”. Yo misma eliminé mi formación universitaria para figurar entre las candidatas ideales para trabajar en una frutería. Me dieron calabazas.
Cuando me licencié enviaba currículums como botellas al mar: “Si me lees llama”.
Yo lo decía en serio.
Llegó un momento, que el consuelo que encontré era creerme todo lo que me decían: “No has sido seleccionada, pero ya te llamaremos”. Con una sonrisa me hablaba a mí misma: “ya lo has oído Mar, tranquila ¡ya te llamarán!”.
Llegué incluso a pagar por trabajar. Después de la licenciatura hice un curso de PowerPoint Avanzado con la ilusión de poder decirle a mi familia “¡lo conseguí, tengo trabajo!”. Y mis padres incrédulos preguntaban “¿pero te pagan?”. Yo también quería saberlo.
La aventura de trabajar “de lo mío” en ese momento era una misión imposible. Aunque yo me auto convencí de que mi empleo en la cocina del McDonalds era realmente un reportaje de investigación.
La desesperación me llevó a lugares rarísimos. A pensar en cosas que ahora me avergüenzan. Como a considerar la discapacidad como una ventaja competitiva en un mercado laboral precario.
También pasé muchos lunes al sol. En esos días rescaté hobbies de mi adolescencia, como beber latas de cerveza en un banco. Había vuelto a los diecisiete, pero con carrera.
Por si no era suficiente, la prensa de entonces nos puso una etiqueta: ‘la generación perdida’.
Aún así, en un esfuerzo colectivo hicimos lo que mejor sabemos hacer: resignificar el desastre. Como mi amigo Andrés. “Soy ingeniero de caminos y trabajo en un Starbucks en Londres ¡pero al menos hablo inglés!”.
Hace poco conocí a alguien en una fiesta. Me dijo que había compuesto una canción para esta época. Se llamaba Deja tu currículum. Me la sabía. Le hice los coros.
*A ti que me lees:
Este texto ha sido la chispa que me ha traído hasta aquí. He cumplido mi promesa. A partir de ahora, mi proceso vuelve a ser privado.
Gracias por acompañarme estos domingos. Nos volveremos a leer, confía en mí.