Que quede por escrito

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Está fría, la siento en las palmas de las manos. La llevo en brazos junto al regalo, porque si la llevase en una bolsa colgando, la tarta podría perder la forma. Está hecha en un molde desechable. En mi estrategia de practicidad doméstica, esta elección me ahorra fregar el molde antes de marcharme.

Es una tarta de queso hecha en casa. Después de probarla tras cantar “cumpleaños feliz”, la mamá me pide la receta. “Te la anoto en un momento ¿tienes papel y boli?”

Me acerca un cuaderno con notas sueltas: la cita con el dentista, la lista de la compra, tachones… “Aquí mismo” me dice.

1 Tarrina de mascarpone

1 Tarrina de queso crema

3 huevos

200 g de leche condensada

Mezclar todos los ingredientes en un bol. Verter sobre el molde y dejar en el horno entre 40 y 50 minutos a 200º

Oigo de fondo el crujido del papel de regalo rasgándose de punta a punta. Javi, no tiene paciencia ni interés en conservarlo para usarlo de nuevo. “¿Jugamos?” Las instrucciones del juego están escritas en español y en portugués. Intento explicarle a Javi en qué consiste la dinámica y acabamos inventando nuestra propia versión.

Mientras tanto, la foto que hicimos en el momento de soplar las velas ya se está imprimiendo en la cámara instantánea. “Le voy a poner la fecha por detrás ¿dónde has dejado el boli?”. La mamá de Javi dice que le gusta que estas fotos tengan fecha, porque es la manera de escribir para recordar.

Después de anotar su receta, me he acordado de ella. “¿Y María? ¿no ha venido?”. Quizá debería escribirle, que sepa que la echamos de menos. Aunque también estoy molesta “¿por qué no ha venido?” Me desahogo con el mensaje, le digo todo lo que ya llevo tiempo con ganas de decirle. Lo que siempre me guardo cuando nos vemos, porque no me atrevo a decírselo a la cara.

Me interrumpen: “¿Y María? ¿no ha venido?” – Lo dejo sin enviar por ahora.

Un palito horizontal, otro vertical y un círculo que no llega a cerrarse. Así escribe el número cinco un niño en el día de su quinto cumpleaños. No sólo ha aprendido a escribir hasta este dígito, también sabe escribir su nombre. El pequeño Javi me muestra su avance escolar sonriente, con la cara manchada con restos de chocolate. Es del helado que se ha comido antes. En todo el fin de semana ha multiplicado por cinco la cantidad de azúcar que ingiere normalmente. “Esta es mi última tarta de cumpleaños”, no lo cuenta como si tuviera una enfermedad terminal, pero sí con el pesar infantil de cuando sientes que esos días en que eres el protagonista llegan a su fin.

Cuando se es niño, nadie quiere perderse tu cumpleaños. O eso parece cuando recibes una postal desde otra ciudad. Alguien que no vive cerca y no tiene pensado ir a tu fiesta, escribe desde un lugar aparentemente lejano para tu inocente pensamiento. Ha llegado una postal de Spidey y sus amigos. Dos letras difíciles de leer para un niño con mensajes similares: “Te queremos mucho. Abu” y “Nos vemos pronto, te queremos”. Creo que hace cien años que no escribo en tarjetas de ningún tipo. La última vez fue en el trabajo, cuando se fue Macarena. “Mucha suerte en tu nueva etapa”. La tarjeta esa mañana pasó de mano en mano con el resto del equipo. Cada uno con su bolígrafo, su letra y su particular mensaje. Le deseé lo mejor.

Me hace gracia el comportamiento inmaduro de los niños. Si por él fuera seguiría jugando hasta el infinito, pero su cuerpo no da para más y se le cierran los ojos. Es hora de volver a casa. Al llegar me encuentro con una nota y olor a chamuscado:

Me quería currar un fricandó para comer mañana pero se me ha quemado y es un desastre todo. Me he comido un yogur… Te he dejado hamburguesa en el airfryer.

La verdad es que estoy llena de tanta tarta y snacks de cumpleaños. También cenaré yogur. Volviendo a la receta de fricandó, la próxima vez hay que revisar los tiempos de cocción, me lo apunto.

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